Que estamos en crisis ya es un lugar común. Hoy lo que inquieta son sus
consecuencias. Su efecto en el empleo, o la posibilidad cierta que
entremos en recesión. Pero también trae otro fantasma. Es la verdadera
faz que aún no muestra la crisis. Nadie sabe su magnitud, ni cuando
tocará fondo. Voces respetadas como las de George Soros, Paul Volcker,
Sygmunt Bauman o Vivianne Forrestier, muestran un escenario nada
esperanzador. Creen que esta crisis es la mayor de la historia, muy
superior a la de 1929. Y la realidad parece darles la razón.
Las bolsas mundiales mantienen una oscilación que demuestra el
recelo de los inversionistas. Wall Street tiembla de acuerdo a los
anuncios del gobierno norteamericano o de los Estados europeos. Y las
medidas adoptadas por éstos, no han sido suficientes para traer
estabilidad. Pese a la inyección de billones de dólares (millones de
millones) al sistema financiero, la caída aún o se detiene.
Y, peor todavía, las rectificaciones a los sistemas regulatorios se
asemejan a medidas vacías. La crisis parece haberse escapado por
completo de control.
Las consecuencias de tal fenómeno se están viendo en el comercio
mundial. China bajó su crecimiento a la mitad de lo que había sido su
comportamiento en las últimas décadas. Y las exportaciones, en enero de
2009, experimentaron una disminución de 17,5%. Un anuncio de que las
cosas podrían empeorar. Y especialistas de diversos organismos
internacionales creen que así será. Lo que no atinan a vaticinar es el
rango de la debacle.
Hay, sin embargo, algunos puntos de acuerdo. Las voces más
reputadas coinciden en vaticinar que 2009 será un año complejo. Y hasta
algún líder mundial, entre los que se cuenta Barack Obama, cree que la
recuperación se iniciará en 2010. Pero sus visiones parecieran estar
afincadas más en una expresión de deseos, que en datos duros.
Hay quienes sostenemos que esta crisis supera con mucho el ámbito netamente económico-comercial-financiero. Se ubica en el ámbito global de las distintas actividades humanas. Con un claro sesgo de mutación valórica y de búsqueda de nueva formas de entendimiento, con la creación de instituciones nuevas. Un proceso, sin duda, necesario. Pero que estará precedido de graves tensiones.

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